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Bastian Bux

El Mensajero del Aire

El Mensajero del Aire Había oído hablar de un curioso personaje que estaba muy relacionado con objetos movidos por el viento. No sabía muchos detalles, sólo, que era persona de edad avanzada y en la zona era tenido por raro cuando no por loco. Averigüé dónde vivía pensando que podía ser interesante conocerlo.

Me dirigí resuelto a encontrar la que ya en mi imaginación había bautizado como “La casa de los vientos”. Tomé el camino que conducía a los montes donde se encontraba mi objetivo, disfrutando de los tonos amarillos, rojos y castaños que el final del verano imprimía en algunos árboles.

Después de subir a la redondeada cresta de la montaña desde donde se divisaba el valle inmediato, escudriñé el paisaje, intentando descubrir la casa que buscaba. Un pequeño río recorría con suavidad su eje central desviándose en ocasiones en busca del desnivel. Pequeñas aldeas dispersas y alguna casa aislada, que parecía trepar por las laderas del valle, daba la sensación de que el tiempo caminaba al ritmo del indolente ganado que salpicaba el paisaje. Ningún edificio me llamaba especialmente la atención a esa distancia, eran de aspecto sobrio y tenían pequeños huertos adosados con algún árbol frutal.

De pronto reparé en uno que se encontraba sobre una loma a la entrada del valle. Aquél sí tenía peculiaridades. Parecía desde la distancia más colorido y adornado que los otros.
Descendí por la ladera hacia el valle, esperando encontrar un camino que se desviara en la dirección apetecida. Llegué a un cruce donde varios indicadores informaban de los nombres de las distintas aldeas; uno de ellos señalaba la salida del valle y tomé esta dirección por considerarla la más apropiada. Por el camino ancho y nivelado se andaba con facilidad. Pronto divisé el montículo al que pretendía llegar a través de un caminito que salía del que estaba recorriendo. Se veían banderolas y cordeles de los que pendían telas de colores diversos; una variada gama de sonidos de flauta y tintineos salía del lugar, imitando a una curiosa agrupación musical que afinara sus instrumentos antes del concierto. Desemboqué en un llano tras un viejo edificio, parte del cual estaba derruido. En una esquina, un mastín adormilado estaba echado sobre la hierba. Cuando llegué, abrió un ojo sin sobresalto, considerando que si de un enemigo se trataba, no parecía muy peligroso. Conforme avancé, el perro se desperezó y hasta ladró dos veces sin mucho entusiasmo, más, para hacer notar a su amo que cumplía bien sus funciones que para ahuyentar al visitante.
– “¿Qué pasa Brisa?” – se oyó una voz que venía del otro lado de la casa.
Me adelanté con cautela, intentando ponerme a la vista de la persona que había hablado. Simultáneamente un minúsculo perrito de pelo largo, salió ladrando como si en ello fuera su vida, tan decidido, que frené en seco el avance.
– “¡Calla, Tifón!, que sólo es una visita”. – dijo la misma voz, procedente de un pequeño huerto que había delante de la casa, mientras se dejaba ver. – “Pasa, pasa, que no hacen nada.” Mientras el perrito aún inquieto retrocedió tras los pies de su amo sin dejar de gruñir, la perra mastín se aproximó a olerme, volviendo pronto a su lugar de sesteo. El hombre, delgado, tostado por el sol, de pelo cano y de edad indefinida aunque avanzada, se movía con agilidad, denotando energía y salud. – “No estamos acostumbrados a ver gente por aquí. Los del valle dicen que estoy “algo aventao”, algo loco quieren decir, pero a mí me hace gracia y hasta me halaga el epíteto”. – Siguió hablando mientras con el gesto me invitaba a acercarme.
– “Estaba paseando y me he atrevido al ver…” – comencé a decir mientras observaba discretamente el entorno, empezando a descubrir, qué era lo que producía los sonidos ahora más claros y variados. Numerosos adornos de metal, campanillas, cañas agujereadas, tubos diversos colocados en ángulos diferentes, por aquí y por allá eran mecidos o atravesados por el viento ocasionando aquella curiosa y desordenada sinfonía. Lo más sorprendente era que en una rama de un arbolito, había un violín que bien apoyado entre los brotes parecía abandonado.

El hombre aunque sociable y comunicativo, no se relacionaba mucho con los vecinos del valle y cuando encontraba a una persona receptiva, no perdía la ocasión de hablar de sus aficiones e inquietudes. - “Yo me llamo Silverio…” – dijo mientras entraba en la casa; salió al momento con dos manzanas que me ofreció. Tenía los ojos claros y sin embargo profundos, como si recogieran en el fondo, toda la información que su viveza le había aportado a lo largo de años de miradas.

En una piedra, a la izquierda de la puerta de entrada, habían grabado con un cincel en letra menuda pero clara, los siguientes versos:

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba
San Juan de la Cruz

Pronto se estableció una animada conversación en la que fuimos poniendo en común procedencias, inquietudes y aficiones. Silverio tenía ganas de conversar y mucho recorrido vital. Se fue explayando sobre su antiguo trabajo de cartero, sus viajes y cómo había recalado en aquellas ruinas que trabajosamente estaba reconstruyendo. El monasterio casi derruido por un incendio en los primeros años del siglo XIX, había sido abandonado por los monjes.

Allí trasladó todos los recuerdos y regalos que con el paso del tiempo había acumulado. Le pedí ver lo coleccionado y mientras mordisqueaba una de las sazonadas manzanas entramos en el edificio.

En esta habitación había todo tipo de instrumentos de viento, trompetas, flautas, ocarinas, cuernos, caracolas y hasta una corneta abollada y herrumbrosa que encontró cuando recuperaba piedras para la obra.

En la siguiente el contenido era obvio, pues en su puerta dos plumas coloridas y chiquitas… – “¿Has oído hablar de las dimensiones, de la cuarta, la quinta, etc.?, pues el sonido del viento y de los pájaros corresponde a sonidos de la séptima dimensión”, –mientras continuaba entre risas, – “no repitas por ahí todo lo que te digo, o pensarán que mi locura es contagiosa”. Plumas diversas y coloridas, ordenadas por tamaños, estaban por doquier. En el centro de una de las paredes una preciosa jaula vacía, con aspecto de palacete oriental estaba con su puerta abierta como alegoría de la libertad. Ocupando el centro de otra, un estandarte indio, profusamente adornado de plumas me trasladó por unos segundos a una escena ceremonial con nativos americanos.

La siguiente puerta tenía grabado:
“La espada que más corta,
es la espada del perdón”

Al abrirla, gran variedad de sables, espadas antiguas, alfanjes, puñales, katanas, floretes, dagas,… se veían en las paredes; cruzadas, en paralelo o dispuestas en distintos muebles hechos a propósito para que estuvieran agrupadas.

“¿Cómo te aficionaste a coleccionar estas cosas?” – Le pregunté.

“En uno de mis viajes, estando en una plaza, reparé en una anciana que adivinaba el futuro ayudándose de unas cartas. Tras una columna del porche atendía a dos jovencitas. Cuando acabó, entablé conversación con ella y pronto extendió las cartas sobre el cajón que le hacía de mesa, después de hacérmelas mezclar.

Me dijo: “El Aire te ha traído y llevado. Ya has sido mensajero. Sé ahora EL MENSAJERO DEL AIRE, ya que el Espíritu del Aire está contigo”.

No me dijo más. Pagué lo acordado y quedé un tanto decepcionado, pues esperaba alguna orientación sobre preocupaciones del momento. Me fui muy intrigado, con una mezcla de enfado y desconcierto.
Pensando, pensando, empecé a entender que demasiadas cosas en mi vida estaban relacionadas con este elemento, pero era la primera vez que oía hablar del “Espíritu del Aire”. Busqué un sitio tranquilo en un parque próximo y hallé un lugar frondoso y discreto para reflexionar sobre aquellas palabras. Me acomodé apoyado en un árbol y cerré mis ojos intentando calmar mi mente y relajar mi cuerpo. No habrían pasado muchos minutos cuando una ligera brisa me hizo estremecer; abrí los ojos con la sensación de que había alguien más.
– Ahí estaba, mirándome. No sabía cómo se había manifestado ni por qué y enseguida supe que era el Espíritu del Viento, el de las brisas de las montañas y de los mares, de los ventarrones, de las tormentas y de las bocanadas que tan continua e inconscientemente dábamos, oxigenando hasta la última de nuestras células.
No podía decir que estaba plantado ni tan siquiera que estuviera parado, ya que su cualidad intrínseca era el movimiento y se presentaba con una leve ondulación que asocié a un pez “lámina”, vertical y transparente, flotando y mostrándose de perfil para que pudiera apreciarlo con más facilidad. Sus límites, si se puede decir que los espíritus los tienen, eran difusos; parecía nadar a tres palmos del suelo y curiosamente y contra toda lógica no era de una pieza. Parecía estar formado por rectángulos sinuosos dispuestos ordenadamente. Siendo todos transparentes, los que se encontraban en los límites superior e inferior así como la parte de atrás, por decirlo de alguna forma, se hacían más sutiles. No estaban ensamblados, sino que había un tenue espacio entre ellos que lo hacía más grácil y efímero. Seguramente se presentaba dejándose ver proporcional a mi estatura y a las cosas que me eran familiares. No tenía brazos ni piernas ni tampoco cabeza, sin embargo algo equivalente a un ojo me miraba, en la parte que yo identificaba como delantera. Lo observaba mientras por mi mente pasaban de forma atropellada mil preguntas para hacerle.”

Silverio me hablaba con entusiasmo, queriéndome hacer partícipe de aquel momento tan especial.

“Le pregunté – siguió Silverio – quién era y si tenía algún mensaje para mí – Me sorprendí al hacerle la pregunta. El Ser, seguía flotando sinuoso y al tiempo oí como una voz sin sonido, se expresaba directamente en mi interior.
– “Yo SoY el que traslada las fragancias de las flores, los globos que escapan de los niños, los suspiros de l@s enamorad@s y hasta los apetitosos olores que huyen juguetones de las cocinas. Las nubes y las aves juegan conmigo. Yo SoY el que mece a las plantas y sostiene a los aviones, el que mueve las olas y traslada a los veleros. Yo SoY el que ventila vuestros pulmones y forma los huracanes, el que lleva la música y desata las tormentas de arena. Yo SoY en suma, un estrecho colaborador de la Madre Tierra, que le sirve y le ama y comparte con ella, desde tiempo inmemorial sus bellezas y evolución”

Quedé expectante unos segundos que me parecieron eternos. Me atreví a decir, o mejor, a pensar:
– “La anciana me dijo que fuera tu mensajero, pero ¿cómo?, si tu presencia permanente es el mejor mensaje. Continuamente te muestras de mil formas y yo…”
De nuevo la voz sin sonido se expresó en mi interior: “La mayoría de los humanos se acostumbran a lo cotidiano, de forma que no reconocen ni valoran sus cuerpos, a las otras personas, otros seres y elementos de la naturaleza, con los que continuamente están interactuando. Si fueran más conscientes de sí mismos y de que forman parte del TODO, no contaminarían las aguas, la tierra y a mí mismo, y evitarían que se produjeran grandes reajustes, que para muchos resultan ser catástrofes. Tú, como muchos otros en distintos lugares de la Tierra, has sido respetuoso con la misma y este respeto debe crecer y contagiar a otras personas, de manera que disminuyan las distintas formas de agresión a la Madre Tierra. Disfruta del viento como lo hacías de niño y encuentra formas de extender este respeto”

Mientras lo miraba aun sorprendido, hice un leve movimiento de cabeza, mezcla de asentimiento y reverencia; al tiempo, recibía como contestación a mi gesto una graciosa cabriola y con un torbellino juguetón, el Espíritu del Aire, se difuminó definitivamente.”

Siguieron visitando las otras estancias donde había abanicos, cometas, artilugios voladores, boomerangs, todo tipo de hélices, brújulas, veletas y muchos otros objetos que desconocía.

Mientras iban visitando las distintas estancias, Silverio, le iba contando anécdotas y haciendo comentarios sobre lo que iban viendo. “Si te fijas – le comentaba sonriente – mi afición es una curiosa contradicción, lo aéreo, el cambio por antonomasia, objeto de colección, lo que conlleva fijación, permanencia e incluso obsesión.”. – No entendía muy bien todo lo que me contaba mi anfitrión, pero procuraba no perder palabra.

Al final del pasillo abrió la última puerta, la única que estaba cerrada con llave. En su centro ponía:
Gracias “EOLO”

Antes de que encendiera la luz le pareció ver pequeños resplandores o fogonazos que iluminaban ocasionalmente la estancia. En estanterías, bien ordenados, unos frascos de cristal de unos dos palmos de alto y uno de ancho, … ¡no podía ser!, contenían gran variedad de vientos y en el estante de la derecha, hasta pequeños huracanes y tormentas con sus rayos, de donde salían los momentáneos golpes de luz. Cada uno de ellos tenía el nombre del contenido, rotulado cuidadosamente en la parte superior:

Del Norte: Boreas (huracanado), Tramontana (fuerte), Cierzo (fuerte)
Del Sur: Céfiro (brisa)
Del Este: Helespóntico
Del Oeste: Garbí (Palma de Mallorca), Matacabras (Cádiz)
Otros: Greco o Grecal (cogido al sur de Atenas), Siroco o Xaloc (de Siria, cogido al norte de Damasco), Lebeche (cogido al norte de Trípoli), Euroborus (del SE), Maestro o Mistral (cogido al SW de Roma), Eurocircias (del SW)
Ábrego, Aello (huracanado), Atábulus, Coro, Esciras, Lemosino, Líbico, Meltemi, Regañón, Simoun, Terral, Virazón, Vulturno.
Otros nombres y lugares no conseguí memorizarlos.

“No es que siempre se presenten como está junto a sus nombres, pero es lo más habitual. Hay casos como el Céfiro que en unos lugares es brisa y en otro es un viento tempestuoso” – le explicaba Silverio. Seguimos hablando un ratito más hasta que me di cuenta que se estaba haciendo tarde. Silverio me dijo que volviera cuando quisiera y que podía traer a mis amigos.

Cuando iba a descender, le hice la última pregunta– “Por cierto, Silverio, ¿qué hace el violín en aquél arbolito?”
– “¿Sabes qué día es hoy?, 23 de septiembre. Empieza el otoño y por tanto es el día del Elemento Aire. Como homenaje por ser su día, he puesto ahí mi violín para que lo toque al pasar. Luego soplaré mi caracola a los cuatro puntos cardinales”

– “¡En el fondo, es un poeta!” – pensé mientras comenzaba mi segunda manzana.

Ahora procuraría sentir el aire de otra manera. Entendía por qué en ocasiones había notado la caricia del viento y una vez, mientras una fina lluvia empezaba a humedecer el ambiente, me pareció recibir un sutil beso en la mejilla. Estaba siempre a mi lado y dentro mío vivificándome.

– “¡Como se suele presentar de frente…, no puedo verlo!.”

AÚN NO PODÍA VERLO.

Mientras me alejaba, se extendió por el valle un TUUUUUHHHHH, TUUUUUHHHHH, TUUUUUHHHHH, TUUUUUHHHHH.



Tormenta Autoexistente Azul, Kin 199
bastian.bux@terra.es
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